¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

Un texto de Vicente Conejero

Voy a  explicarlo porque, a bote pronto, para mucha gente que me conozca y no me haya visto nunca con las manos en la masa, puede resultar un tanto sorprendente, que la UPV haya montado una exposición monográfica de retratos a rotulador, hechos hace 30 años por mí, de gente de la UPV, familiares y amigos. Y que todos estos dibujos (y más que no se han incluido), los haya hecho yo.

Pero la verdad es que ya en mi más tierna infancia andaba  metido entre lápices, plumas, tintero, papel y goma de borrar, tratando de dibujar cosas que veía en la naturaleza o tomadas de  estampas de libros. Nunca era algo producto de mi imaginación, que la tenía, pero la educación que recibimos en la época, no la estimulaba. Eso sí, nos enseñaron a reproducir los dibujos que el maestro hacía en la pizarra. Solía ser una escena del Evangelio o de alguna celebración patriótica,  tomadas  de ilustraciones  de libros. Alguna vez, dibujábamos “del natural” plantas o animales (gallinas, polluelos, un gallo, conejos y un pavo o un gato) que había  en el pequeño corral que tenía la casa del maestro. Ahora, a los niños se les entrena más a soltar la imaginación por medio del dibujo.

De cualquier modo, yo parecía dibujar bien: tenía un trazo suelto y reproducía con bastante fidelidad los modelos. Así que mis padres (Vicente Conejero Dionis y Delfina Tomás Bayer)–por recomendación de Don Juan Castro, maestro excepcional, que había detectado mis aptitudes para el dibujo y el color, a través de mi «obra»  con lápiz, plumilla, tinta y  lápices «Alpino»–  me compraron un estuche de acuarelas que,  para asombro de mis hijos y nietos, todavía conservo, como podéis ver en los materiales expuestos. Fui a comprarlo con mi padre a la papelería Gimeno, cerca de la Plaza del Dr. Collado (Plaza del “Collao”, que decía la gente). Era un estuche metálico rectangular que contenía treinta pastillas de distintos colores, adornadas en su superficie por un tigre o leopardo (vaya usted a saber) esculpido en forma de bajorrelieve. La tapa, por el exterior, estaba adornada con  diferentes motivos pictóricos. Los dibujos eran de tal sencillez y de colores tan atractivos, que invitaban a abrir la caja y ponerte a pintar.

Las acuarelas costaron lo que mis padres no podían permitirse: la astronómica suma de 42 pesetas. Para que os hagáis una idea, los obreros  de las fábricas de seda de mi pueblo, Chirivella,  ganaban 50 pesetas diarias.

Nunca se me olvidará  lo que me dijo mi padre cuando salimos de la papelería:

— No li tingues que dir a la mamá lo que ens ha costat açò.

El pobre estaba asustado de lo que la le pudiera decir la Sra. Delfina,  que es la que llevaba las cuentas de la economía doméstica.

 Mi vocación por el dibujo y la pintura, creo yo que surgieron viendo dibujar  en la pizarra a  Don Juan Castro,  el maestro de la Escuela nacional nº1 de Chirivella (Hoy Xirivella),  en la que hice la enseñanza primaria (después del  pasar por el Parvulario de las Hermanas de la Doctrina Cristiana («Les Monjes»)).  Y se acrecentó por una visión, insólita para mí  en la Chirivella de finales de los años 1950: la de un cuadro que había colgado en la pared en la entrada de su casa,  a la que tenía acceso libre  porque era amigo de su hijo Santiago y porque eran una familia muy acogedora y abierta. Recuerdo el gran impacto que me produjo desde la primera vez que lo vi. El cuadro representaba a una vendedora de cacahuetes y altramuces («cacauets  i tramussos») que estaban expuestos en dos lebrillos amarillo-verdosos  encima de una mesa, cubierta por un mantel, en la que había también un bote de aluminio de los que  utilizaban las vendedoras,  como medida para vender  la mercancía. También estaba provista de una resma de papel de estraza, para hacer los cucuruchos («mesuretes») con las que envolvía aquellas delicias de la huerta. La vendedora estaba sentada en una silla de enea con barrotes de madera,   al lado de una mesa, que hacía las veces de mostrador. Era una mujer de sesenta y tantos años, con el pelo  canoso, ataviada con un vestido gris oscuro y un delantal blanco y peinada con el moño, característico de las mujeres de la huerta. Tenía el brazo izquierdo posado sobre la pierna izquierda y con el derecho, sostenía un «ventall» (aventador)  hecho con una caña a la que, en un extremo, se le había montado un penacho con tiras de papel de seda  de distintos colores.  Tenía el gesto expectante, a punto para atender al próximo comprador o para espantar las moscas con el «ventall». El cuadro era una maravilla hiperrealista, aunque yo, por aquellos días, no supiera nada acerca de ese movimiento pictórico. El autor era el padre de Don Juan y eso, para mí, le confería un valor especial. El aura de realismo pictórico que desprendía aquel cuadro estaba potenciado por su desnudez artesana: era un lienzo sin enmarcar y esa circunstancia le añadía realismo e inmediatez en la comunicación con el observador. Yo, a mis 9 años, me quedaba extasiado cada vez que lo contemplaba y me preguntaba si algún día sería capaz de hacer algo semejante.

La cosa es que empecé a practicar con mis flamantes acuarelas. Nadie en el pueblo, excepto yo, tenía acuarelas. Bueno, sólo Don Juan. Todavía recuerdo mi «opera prima»: una copia de una estampa de la Sala de Columnas de la Mezquita de Córdoba ( ¡Ahí es nada! ), que había en un calendario de casa. Luego, me  fui atreviendo con los personajes de los comics («tebeos») que leíamos entonces («El Guerrero del Antifaz», «Roberto Alcázar y Pedrín», «El Diablo de los Mares», «El Jinete Fantasma»…).

Entretanto, yo ya había dado el salto de la Escuela Nacional nº1 de Chirivella, a la Escuela Especial de Orientación y Aprovechamiento Ayuntamiento de Valencia, con una beca que obtuve por oposición (seleccionaban a 25 de entre los más de 500 niños que se presentaban de toda la provincia de Valencia). Allí, en la calle Salvador Giner,  hacíamos  un curso especial de formación, que incluía latín, francés, dibujo y un taller de electricidad y encuadernación. También nos hacían pruebas psicotécnicas a lo largo de todo el curso . El estar en pleno Barrio del Carmen, cerca de la Escuela de Bellas Artes de San Carlos era, también un puntazo. Al final, concedían 6 becas y nos destinaban a los diferentes colegios «de pago» para servir de «estímulo y acicate» al resto de los alumnos en los estudios de bachillerato para los que era la beca  de 1000pts. al año. La condición de becario incluía la gratuidad del colegio.  Yo fui destinado al Colegio de San José de los jesuitas de Valencia, en donde recibí una sólida educación de acuerdo con los estándares de la época.

Del primer curso de Bachillerato, tengo un recuerdo que está relacionado con mi vocación por el dibujo. Existía la norma en el colegio de que, en cada asignatura, se hiciera un resumen trimestral de lo que se había hecho en clase. A mí, el profesor de matemáticas de primero – al que  llamábamos «El Loro» por la forma de su nariz  – me encargó ilustrar, con un dibujo, la parte correspondiente a la potenciación. Teniendo en cuenta su mote, se me ocurrió dibujar y pintar con mis acuarelas, un loro de cuyo pico salía un globo (como en los tebeos), en el que el loro resolvía una operación de potenciación : 5 elevado a 4. En el dibujo se le veía repetir el 5, como factor, 4 veces:  5x5x5x5 = 625

Pero el hecho decisivo para que yo tuviera la oportunidad de recibir una formación especial y determinante  en dibujo y pintura, se produjo  con ocasión de un trabajo sobre los anfibios, que nos pidió el profesor de Ciencias Naturales, el Padre López  Monerris.

Hice una acuarela que representaba a una rana en la orilla de una charca, cazando una libélula con su lengua retráctil. La escena reflejaba la tensión del momento de la caza y la acuarela le daba un toque de color acuoso propio de la rana y la charca. La verdad es que no me quedó mal.

 Varios días después, al terminar la clase, el P. López se acercó a mi pupitre y me dijo que le había enseñado mi trabajo al Hermano Arribas. El H. Arribas  no  era cualquier cosa. Era el encargado de pintar los trípticos con escenas de la vida terrenal y sobrenatural (vida y milagros , nunca mejor dicho), que se utilizaban en Roma para ornamentar la liturgia de las beatificaciones y  canonizaciones de los miembros de la Compañía de Jesús, que alcanzaban la más alta  jerarquía de un humano en el Reino de los Cielos. Pero ésta no era su única gracia: el Hermano Arribas  tenía un estudio en el Colegio, en el que daba clases extraescolares de pintura,  a las que asistían algunos alumnos en tiempo de recreo (unos 10; luego sabría  que uno de ellos era nuestro compañero de la UPV y querido amigo mío, el ahora Catedrático Emérito, Pedro Fito Maupoey. Con él  quedamos campeones de balón-mano, en el campamento de las Milicias Universitarias en Montejaque. ¡¡¡Qué recuerdos!!!).  

Según el P. López, mi trabajo había causado  tan buena impresión al  H. Arribas que me invitaba a asistir a sus clases de modo gratuito. También le dijo que me proporcionaría el material necesario , sin gasto alguno por mi parte, ya que conocía mi condición de becario y la situación económica de mi familia.

La verdad, es que no me esperaba tan espléndida y generosa oferta. Le di las gracias y, obviamente, la acepté. Mi sorpresa fue que, acto seguido, el P. López me acompañara a entrevistarme con el H. Arribas en su estudio, quien me dio la bienvenida, me presentó a los demás compañeros y  me enseñó mi puesto de trabajo con todo preparado para empezar:  el caballete, con un lienzo colocado en su sitio y un  recipiente metálico para el aguarrás, el tiento, pinceles,  una estuche  de madera con los tubos de colores  para pintar al óleo y hasta unos trapos colgados en el travesaño del caballete, para limpiar los pinceles. ¡ Ah! y metro y medio de banco corrido, pegado a la pared, para dejar material.

Confieso que estaba emocionado y  manifesté mi agradecimiento por aquella oportunidad que me estaban dando. Y no lo dejé para el día siguiente, ese mismo día empecé a pintar copiando de una estampa que me había puesto en el caballete, el H. Arribas (unos chopos que crecían en los márgenes de un arroyo). Todavía lo tengo por casa.  Así empezó mi romance con la pintura que duró mientras estuve en el Colegio de San José.

Por aquellos días, empezó, también, mi aventura con el dibujo. Y más concretamente,  con el retrato a rotulador.  Mi primer modelo fue mi abuelo materno (al paterno no lo llegué a conocer). El «Abuelo Tomás» (Manuel-Ramón Tomás Pascual) había nacido en la  Vall  d’Uixó y fue satre en Burriana. Allí  nació mi madre, Delfina. Más tarde, se trasladó con la familia a Valencia donde  puso una sastrería en la calle de la Abadía de San Martín. Era un hombre de una gran carácter y presencia, acentuada por una poderosa barba blanca. Yo lo quería mucho, también a  mi abuela Delfina, más tenue de aspecto, pero difícil de doblegar. Mi abuela  me contaba unas historias preciosas (recuerdo especialmente «L’auca de la Cuca Maula»). Formaban una buena pareja, yo los quería mucho y ellos a mí.  Así que me llevé una gran alegría  cuando, ya jubilado mi abuelo, vinieron  a vivir a Chirivella, a una casa con huerto, en las afueras del pueblo. Ellos fueron las primeras víctimas de mis rotuladores. El abuelo, con la barba y la abuela, con su moño (la «Abuela Pirri»), eran una mina para mi introducción al retrato.  

Al terminar el bachillerato, terminaron también, las clases de pintura y tuve que tomar una decisión sobre mi futuro. En esos días mi vocación pictórica había perdido intensidad en favor de dar una orientación científico- técnica a mi profesión. Por otra parte, me sentía obligado a buscar un enfoque a mi vida más acorde con la situación económica familiar que necesitaba de mi ayuda.

Finalmente, opté por  presentarme a la oposición que convoca el Colegio Mayor San Juan de Ribera de Burjasot.  Tuve la fortuna de ganar una de las becas e hice el  Curso Selectivo  de Ciencias que era común a las carreras de Ciencias e Ingenierías,  como Colegial de Burjasot. En septiembre de aquel año se puso en marcha la carrera de Ingeniería Agronómica en la Escuela de Burjasot (Valencia), muy cerca del Colegio y tuve el honor y el privilegio de subirme a ese barco,  empezar la nueva aventura y ser, por lo tanto, miembro de  la Primera Promoción de la Escuela Técnica Superior  de Ingenieros Agrónomos de Valencia.

Debió de ser por el grado de exigencia que requería mi nueva situación académica, pero el caso es que dejé de pintar. Ni siquiera el hecho de mi contacto continuo y amistad con José María Yturralde, estudiante entonces de Bellas Artes y vecino de habitación en el Colegio de Burjasot me motivaron suficientemente para seguir pintando. Hablábamos de pintura, me dejaba libros de la colección Skira, pero no hubo manera: terminé dedicádome a la investigación y a la docencia en el Departamento de Biotecnología y en el Instituto de Biología Molecular y Celular de Plantas «Eduardo Primo Yúfera» (IBMCP (UPV-CSIC)) de la UPV del que fuí cofundador (junto con el Dr. José Pío Beltrán Pórter) y director durante 18 años.

Pero parece que la vena artística no había desaparecido. Eso sí:  cambié los  pinceles, los colores y el lienzo, por los rotuladores, el blanco y negro y el papel en blanco  o impreso (lo primero que tuviera a mano que se dejara dibujar, como el margen o pie  de un folleto o programa).

Aquellos primeros escarceos con el intento de trasladar al papel los rostros de mis abuelos y de  algún que otro profesor, con sus expresiones y gestos, me hicieron caer en la cuenta de que yo tenía la habilidad de «sacar los parecidos»,  de hacer una síntesis, a tamaño reducido, de la gente a la que dibujaba.

Así que, cada vez con más fuerza, emergió el empeño de enfrentarme con el desafío de captar gestos y expresiones. Aunque la avalancha de dibujos tardaría en producirse: sucedió entre los años 1995 y 2015. fue una auténtica cacería entre familiares y compañeros de trabajo y amigos de la UPV, amigos de Denia…cualquiera de ellos  que se pusiera por delante, podía ser víctima de mi rotulador.

Es una pena que no me haya dedicado profesionalmente a hacer retratos dibujados, aunque estuve a punto (¡¡¡Es broma!!!). Os contaré cómo fui tentado a profesionalizar  el dibujante que yo creía llevar dentro:

Un cierto día del mes de agosto, andaba yo tratando de dibujar la fachada de la Iglesia de La Asunción de Denia. Estaba sentado en una silla playera,  en una callejuela que no tenía tránsito situada frente a la iglesia. El sitio era muy discreto y tranquilo y yo estaba a lo mío. De  pronto, alguien que llegaba desde atrás para acceder a la plaza de la iglesia, se  detuvo a mi lado y, sin más preámbulo, me dijo :

– ¡Oiga ustéeee…¿Usté  me haría un retrato?!

 Era un tipo de unos sesenta y tantos años , con una pinta muy graciosa:  más bien bajito  y con una gorra bien puesta. Parecía un charro salmantino. Yo le contesté  sin inmutarme y remedándole un poco (sólo un poco, lo suficiente como para seguir divirtiéndome con la situación que se había creado):

– ¡Oiga ustéeeee…Le advierto que yo cobro muy caro!.

–¿Cuánto? , me preguntó.

Y yo le solté, como un tiro:– 100,000 pelas (cantidad importante en aquellos días de finales del siglo pasado)

– ¿Y a caballo? me volvió a preguntar

– A caballo, 200,000, le rematé yo

– ¡Anda ya!, dijo. Se dio media vuelta y se marchó calle arriba frustrado y, a por el caballo, supongo.

Es una de las cosas más graciosa que me han pasado en mi vida de artista callejero.

CONSIDERACIONES Y REFLEXIONES FINALES

Hoy estamos frente al resultado de aquella cacería inmisericorde, acerca de la cual me gustaría hacer las siguientes consideraciones y reflexiones:

-Nunca tuvo la pretensión de ser sistemática y completa. De hecho, hay ausencias notables, bien porque no hice el dibujo correspondiente en su momento o porque no lo he logrado rescatar de allá donde pueda estar riéndose de mi búsqueda baldía.

-Es curioso, pero en los años de la adolescencia, mis modelos nunca fueron gente joven, de mi edad. Eran  siempre personas mayores, que tenían un fuerte significado para mí, bien  por razones familiares o sociales  (académicas, artísticas, deportivas…). Nunca se me ocurrió hacerle un retrato o caricatura a un amigo o compañero. En cambio,  a medida que pasaron  los años, los límites para  el rango de edad  de mis modelos  fueron ampliándose, hasta desaparecer.

-También creo interesante resaltar,  algo que cualquiera que analice mi colección de dibujos cae pronto en la cuenta: la palpable ausencia del género femenino. Os juro que no fue machismo ni misoginia. Fue  pura incapacidad, pues resulta mucho más difícil dibujar el rostro de una mujer que el de un hombre. La cara de una chica joven, lo mismo que sucede con la de los niños y niñas, es mucho más difícil de ser trasladada al papel,  con unos cuantos trazos del lápiz o el rotulador. ¿No habíais caído nunca en la cuenta de que el Niño  Jesús de los cuadros  de cualquier época pictórica, tiene cara de viejo.

Yo tengo una explicación puramente técnica: las caras de los niños y niñas, chicos y chicas exigen una mayor precisión a la hora de reproducir sus suaves rasgos, que en el caso de la gente mayor , en que son mucho más acentuados.  La tolerancia u holgura que se tiene para los trazos , formas e intensidades es mucho mayor  en este último caso. Por lo tanto, mucho más fáciles de reproducir. Y todavía más ,  si los  pones a todos de perfil, como yo.

 También es verdad que el rostro humano, a medida que envejece,  presenta mayor número de elementos en los que puede refugiarse la imprecisión y que incluso pueden constituir elementos  enriquecedores de la imagen. Me estoy refiriendo a las arrugas y a la barba, en el caso de los hombres.

 Me temo que estoy echando piedras sobre mi propio tejado, pero sin estas aclaraciones , sería inexplicable  la gran ausencia de chicas  en mis dibujos. Simplemente, he tenido miedo a no hacerles justicia. Podría atribuirlo a mi timidez , pero esto no se lo iban a creer. Espero que sabrán perdonarme.

También tendrán que perdonarme mis compañeras y compañeros de laboratorio. Para explicar esta inexcusable omisión, lo único que se me ocurre aducir en  mi descargo es, que la seriedad con la que nos tomábamos el trabajo, impidió la relajación necesaria para dibujarlos.

-Una última cuestión:

¿A santo de qué hacer la exposición ahora, 30 años después?

El caso es que por Navidad, yo llamé a  Amparo Carbonell, amiga mía del Poli y Catedrática de Escultura de la Facultad de Bellas Artes, como a otros amigos, para preguntarle cómo estaban ella y sus familiares y si la Dana les había  afectado directamente.  Debió de pensar que era una buena oportunidad para hacerme una petición, que hace muchos años me había hecho el Rector Justo Nieto, muy apoyado por la propia  Amparo que, a la sazón, era miembro del equipo rectoral:  la petición era que hiciéramos una exposición con mis dibujos de la gente de la UPV (era público y notorio que yo tomaba «apuntes» en algunas reuniones y actos protocolarios de la universidad). Yo, entonces, tenía  a todos mis hijos y a una nuera repartidos por toda la Universidad (mi hija mayor Ana estaba haciendo la tesis doctoral con  Viicente Moreno en el IBMCP del que yo era director,  Rafa, en Arquitectura , Lucía y Andrés y una nuera, Vicky Esgueva, en Bellas Artes ). Y no quise que pudieran pensar que les estaba robando su lugar en el sol, por la puerta falsa. Me pareció, entonces, que acceder a que se celebrara  esa exposición podría ser visto como una suerte de intrusismo de enchufado, por mi parte. 

Ahora que tengo más años que Matusalén (83), he perdido ese pudor . Voy a concederme  el  gusto de ver mis dibujos ordenados y expuestos, por primera vez fuera de las cajas de zapatos y carpetas en que estaban guardados (algunos, me consta, que están enmarcados y colgados en vuestra casa).

Sólo me resta agradecer el inestimable trabajo de organización, montaje y asesoramiento realizados por María José Martínez de Pisón y Amparo Carbonell Tatay y desear que os guste la exposición.

Muchas gracias a todas y a todos por vuestra comprensión y benevolencia.

Vicente Conejero Tomás

Catedrático Emérito de Bioquímica y Biología Molecular

Ex-Director del Departamento de Biotecnología de la UPV

Ex-Director del Instituto de Biología Molecular y Celular de Plantas

«Euardo Primo Yúfera» (UPV-CSIC)